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Por
qué la izquierda está muerta o siete razones para abandonarla (César Vidal)
De manera más
o menos difusa, me identificaba con el modelo socialdemócrata sueco, el de una
izquierda supuestamente democrática, neutral y pacifista en el plano
internacional y partidaria de todas las causas que yo consideraba nobles.
Por supuesto, me entusiasmé como tantos –tantísimos– otros con la
revolución sandinista en Nicaragua. A mi juicio, aquella era una clara
manifestación de que todavía las revoluciones resultaban posibles, de que un
pequeño David revolucionario podría enfrentarse con el terrible Goliat yanqui y
de que era viable un sistema socialista con pluralidad de partidos y sin
depender de la URSS o de China. Mi entusiasmo por la experiencia sandinista duró
justo hasta que visité Nicaragua. Porque lo que descubrí en el país
centroamericano fue una dictadura no por sutil menos repugnante que la
soviética. Los sandinistas oprimían al pueblo de la misma manera cruel y
despiadada que mis odiados esbirros de la NKVD y el KGB. Habían creado un
sistema en el que la Nomenklatura –como siempre– disfrutaba de lo mejor mientras
el pueblo pasaba hambre, eso sí, atiborrado a todas horas de una propaganda
estúpida que les convencía de que sus miserias no se debían a las pésimas
consecuencias del socialismo sino a la acción del imperialismo. A la asfixiante
falta de libertad y al torrente de la efectiva propaganda para subnormales
–nunca había yo vivido nada semejante, ni siquiera en la España de Franco– se
sumaba la creación de un sistema en el que podían existir otros partidos
políticos, pero sin que semejante circunstancia significara nada, porque todo el
control estaba en manos de los sandinistas. Ah, y de tercera vía, nada de nada.
Las únicas publicaciones que se veían en Nicaragua eran de origen soviético y
los colaboradores eran gente, mayoritariamente, procedente de las dictaduras del
Pacto de Varsovia. Aquello era lo denunciado por Solzhenitsyn, pero más
sutil.
Harto y asqueado de la experiencia nicaragüense, estaba yo
mostrando mi pasaporte en el aeropuerto de Managua cuando escuché detrás de mí
una voz cuyo acento era español y quizá incluso de Madrid. Me giré sobre mí
mismo y le pregunté al respecto. Efectivamente, era español. La espera se
adivinaba larga y, en la soledad de la sala, comenzó a contarme su experiencia.
Había pasado las últimas semanas colaborando con el gobierno sandinista. Su
salario lo pagaba en dólares una comunidad autónoma, aunque, en teoría, aquel
era un proyecto clandestino que no debía conocerse. Y, tras revelarme el secreto
de su misión, comenzó a cantarme las loas de la revolución sandinista que él
había vivido situado en las alturas del poder. Soporté con paciencia aquel
chorro de propaganda, hasta que, al final, el enviado clandestino de un gobierno
autonómico progre me hizo referencia a lo barata que era la vida en Nicaragua.
Había yo sufrido con el pueblo la miseria literal ocasionada por el socialismo
nicaragüense, y aquella referencia a lo fácil de la existencia encendió en mí
una luz de alarma. "Anoche", me dijo entusiasmado, "fuimos a comer seis personas
a … Unos camarones, unos filetes, unas cervecitas y nos costó … Vamos, por eso,
en España no cena ni una persona". Tuve que hacer un serio esfuerzo para no
acordarme de la madre que había traído al mundo a mi interlocutor, al presidente
autonómico que lo financiaba y al mismísimo Karl Marx. Por el contrario, con el
tono más sosegado posible, le dije: "O sea, ¿que la cena de cada uno de ustedes
costó algo más de seis meses de salario de un obrero nicaragüense?". Nuestra
conversación no duró mucho más –salió él para La Habana y yo para Bogotá–, pero
creo que había quedado de manifiesto lo que era la izquierda, lo que siempre ha
sido la izquierda. Mientras la gente de abajo padece el hambre, la opresión y la
falta de libertad, la Nomenklatura vive de una manera que hubieran envidiado
muchos burgueses. Al mismo tiempo, no faltan gobiernos occidentales que desvían
fondos de los contribuyentes para sustentar dictaduras de cuyas mieles disfrutan
en viajes organizados que los convencen de las virtudes de la revolución, cuando
en realidad tan sólo sirven a la tiranía. En los años siguientes viví
experiencias semejantes una y otra vez.
Sin embargo, aquel viaje a
Nicaragua no significó todavía la ruptura. Sí lo fue –para disgusto de mis
amigos– el final de mi apoyo a personajes repugnantes como Daniel Ortega o Fidel
Castro, pero todavía conservaba una tibia fe en que la izquierda en España podía
ser diferente. Aquí debo agradecer a Felipe González y sus años de gobierno
socialista que me permitieran ver la luz. El legado de aquella izquierda fue la
corrupción más espectacular de la historia de España, una gestión económica
deplorable vinculada a millones de parados, un intento encarnizado de domesticar
las libertades lo mismo vulnerando la independencia del poder judicial que
acosando a los medios de comunicación independientes y un desprecio absoluto por
la legalidad que tuvo, entre otras consecuencias, la articulación del terrorismo
de Estado de los GAL.
La realidad de España, a decir verdad, era mucho
peor, pero por aquel entonces yo sólo veía aquello y me empeñé –con la misma
cerrilidad que el creyente al que la fe se le desmorona porque carece de base–
en considerar que el problema no era la izquierda sino esta izquierda. Fue
precisamente en esa época cuando conocí a algunos de los elementos críticos del
PSOE –críticos precisamente con Felipe González– que, supuestamente, podían
cambiar todo. La experiencia duró unos meses, y de ella salí definitivamente
convencido de que no es que la izquierda tuviera problemas, sino que el problema
era la izquierda. No sabría decir si llegué a esa conclusión al ver, por
ejemplo, que consideraban a Santiago Carrillo un héroe; al comprobar que eran
incapaces de ver que la renovación pasaba por algo similar a Tony Blair o al
percatarme de que su mensaje no era sustancialmente distinto al de Felipe
González, aunque, eso sí, ellos no tenían el poder y lo deseaban.
Mi
ruptura definitiva con la izquierda se produjo, así, de manera nada traumática
ni dolorosa. Fue como la ruptura de una soga cuyos hilos se hubieran visto
segados poco a poco, y cuando el último se soltó sentí únicamente que había
sucedido lo que tenía que suceder. A esas alturas, mis razones para romper eran
las mismas que ahora y estaban formuladas con la misma contundencia en mi mente,
aunque todavía no expresadas con tanta nitidez por escrito como en los últimos
años.
En primer lugar, rompí con la izquierda porque amo la libertad. El
amor por la libertad forma parte de mi carácter por diversas razones. Entre
ellas se encuentran la pertenencia a una minoría religiosa que ha sufrido
durante siglos la persecución y la intolerancia; la pasión por escribir o el
deseo de analizar sin cortapisas el mundo que me rodea. Para todas y cada una de
esas facetas esenciales de mi vida necesito la libertad, y lo cierto es que los
grandes proyectos totalitarios de la Historia han sido socialistas. No se trata
únicamente de que el primer Estado totalitario de la Historia fuera levantado
por los bolcheviques, sino de que el mismo fascismo fue un proyecto socialista.
Durante los años veinte, los Estados más intervencionistas eran la URSS de
Stalin y la Italia fascista de Mussolini, y nunca me resultó sorprendente que
Hayek señalara que el nacionalsocialismo alemán, lejos de ser derechista, era
tan sólo otro modelo socialista que se parecía enormemente al soviético. El
propio Mussolini lo dejó claro ya en los años veinte, cuando señaló que el
fascismo sólo era un socialismo nacional. Si la gente supiera historia, se
percataría de hasta qué punto las políticas socialistas y socialdemócratas de la
posguerra son tributarias del fascismo italiano, y hasta qué punto no pocos de
los supuestos proyectos progres de ZP fueron antecedidos por medidas legales
impulsadas por el propio Hitler. En todos y cada uno de los casos, la izquierda
pretende tutelar y dirigir la vida de los demás desde el nacimiento –¡y antes!–
hasta la tumba. Sin duda, la perspectiva resulta atrayente para muchos. Para mí,
se dibuja escalofriante.
En segundo lugar, abandoné la izquierda porque
creo en el individuo. Personalmente, estoy convencido de que el sujeto de
derechos es el ser humano como individuo, y no la raza, el sexo o las
circunstancias médicas. A decir verdad, la Historia muestra que los derechos
individuales son los mimbres de la libertad, y que cuando se cercenan –como en
el caso de la izquierda– la libertad se ve amenazada, si es que no desaparece.
En términos generales, creo que el individuo sabe dar mejor uso a su dinero que
el burócrata que decide quitárselo para utilizarlo en sus fines; creo que el
individuo sabe educar mejor a sus hijos que el burócrata que decide
adoctrinarlos y creo que el individuo gusta más de la libertad de lo que el
burócrata está dispuesto a concederle. Lamentablemente, la izquierda está
convencida de que sabe mejor que nosotros cómo debemos gastar nuestro dinero,
cómo debemos educar a nuestros hijos e incluso cómo debemos emplear nuestro
tiempo libre, y a mí esa vocación liberticida de la izquierda me resulta
totalmente insoportable.
En tercer lugar, abandoné la izquierda porque
creo en la justicia. Me consta –yo fui uno de los infelices– que,
históricamente, la izquierda ha captado a no pocos de sus fieles predicando la
justicia. Al hacerlo, no ha pasado de representar el papel de falso profeta.
Pocas ideologías hay más injustas que las de izquierda. De entrada, la justicia,
por definición, debe dar a cada uno lo suyo, y además debe comportarse con todos
de manera igual e imparcial, es decir, debe actuar de manera diametralmente
opuesta a como pretende la izquierda. Y es que la izquierda siempre ha creído en
una justicia que trate a los seres humanos de manera desigual, apelando a
artificios como la justicia de clase o la discriminación positiva. En un ejemplo
de dislate jurídico, el Tribunal Constitucional español ha resuelto hace unos
meses que es correcta una ley que castiga por el mismo delito de manera desigual
a hombres y a mujeres. Saltando por encima de los Bills of Rights del derecho
anglosajón y de las constituciones liberales, el Tribunal Constitucional ha
regresado a Hammurabi, que también consideraba que las penas no podían ser
iguales para todos los seres humanos.
Por si esto –que ya de por sí es
muy grave– fuera poco, la izquierda tampoco da a cada uno lo suyo. Por el
contrario, despoja –el término es del propio Marx– a unos para dárselo a otros.
Las imágenes que surgen al decir esto son las de campesinos que reciben las
tierras de los latifundistas o las de inquilinos que se quedan con los pisos de
los propietarios. Semejantes realidades resultarían ya discutibles, siquiera
porque no se termina de ver la justicia de que se prive del fruto de su trabajo
–unos pisos o unas tierras– a un ciudadano para dárselo a otros pero es que,
para colmo, la izquierda tampoco ha actuado tan generosamente nunca. Por el
contrario, se ha limitado –en las dictaduras– a robar a unos para colocar el
fruto del expolio bajo el control de una Nomenklatura que actuaba,
supuestamente, en beneficio del pueblo. En Rusia nunca se repartieron tierras a
los campesinos. Por el contrario, los bolcheviques se hicieron con la tierra,
ligaron a ella a los campesinos con una dureza más cruel que la de los zares y,
acto seguido, gracias a la incompetencia socialista en la gestión de la
economía, causaron la muerte por hambre de millones de personas, algo
desconocido en la Historia rusa. En las naciones occidentales, el sistema de
despojo ha sido más sutil. Por ejemplo, el contribuyente de las clases medias se
ve aplastado por los impuestos para que los titiriteros progres cobren
sustanciosos contratos pagados con esos mismos impuestos. Se despoja a los
trabajadores para enriquecer a la Nomenklatura y a sus paniaguados. Demos
gracias a Dios de que, al menos, no existe el gulag, aunque es innegable que sí
existe una injusticia mantenida de forma sistemática.
En cuarto lugar,
dejé la izquierda porque creo en el esfuerzo personal y en la excelencia. Lejos
de sentirme satisfecho con el mundo en el que vivo, estoy convencido de que
muchas cosas han de cambiar, pero para que puedan cambiar a mejor, nosotros
hemos de ser mejores, es decir, exactamente lo contrario de lo propugnado por la
izquierda. En su afán por controlar nuestra vida desde el claustro materno hasta
después de la muerte, la izquierda está empeñada en crear un sistema
igualitarista que no afecte, por supuesto, a los miembros de la Nomenklatura.
Uno de los terrenos donde se percibe con más claridad semejante perversión es el
educativo. Como sabemos no pocos por experiencia, la buena educación es el único
camino que permite a los hijos de familias humildes salir de su estrato social y
progresar. La izquierda, con su empeño en conformar la educación no de acuerdo a
criterios de excelencia sino de igualitarismo, ha cegado ese camino a millones
de niños y jóvenes. La educación que reciben en centros públicos es mala,
sectaria y deficiente, pero, por añadidura, es una educación diluida y aguada
para que hasta el más tonto y el más vago pueda sacar un título. No siempre se
consigue esta última meta, pero, por regla general, sí se logra apartar a no
pocos de los mejores del camino hacia el éxito. Por supuesto, los miembros de la
Nomenklatura –los que han creado ese sistema que persigue por definición la
excelencia– no son tan estúpidos como para convertir a sus hijos y allegados en
víctimas de sus acciones. Recuérdese que en España los ministros socialistas no
llevan a sus hijos a los centros públicos que sufren las consecuencias de sus
actos, sino a elitistas centros privados. De nuevo, la igualdad y la justicia
son trituradas por el igualitarismo de la izquierda.
En quinto lugar,
abandoné la izquierda porque creo en la inteligencia y en la belleza. A pesar de
que la propaganda de la izquierda insiste en lo contrario, la izquierda ha
demostrado una pasmosa incapacidad para crear algo bello y, a la vez,
inteligente a lo largo de su dilatada Historia. Cuando ha sido inteligente, no
ha solido pasar de la categoría de agitación y propaganda y la belleza, por
regla general, ha brillado por su ausencia… a menos que consideremos bella una
composición tan cursi e idiota como ésa de "el sable del coronel. Cierra la
muralla". Todo eso por no hablar del dinero de nuestros impuestos gastado a
raudales en gente de la farándula de la más dudosa calidad artística. El hecho
de que Miguel Ángel, Cervantes, Beethoven o Shakespeare salieran adelante –y
crearan obras geniales– sin pertenecer a la izquierda ni cobrar subvenciones
debería llevarnos a reflexionar. El hecho de que la izquierda, a pesar del
dinero de los demás que ha gastado en ello y a pesar de su supuesta superioridad
moral, no haya tenido un Bach, un Goethe o un Velázquez, sino, como mucho,
algunos compañeros de viaje, da para pensar, y mucho. Sin embargo, no resulta
tan extraño. Cuando no se busca el talento ni la excelencia, cuando se prima la
sumisión a las consignas, cuando se persigue a los que destacan, cuando se odia
la excelencia y se prefiere el sectarismo sumiso, el resultado no puede ser
otro.
En sexto lugar, abandoné la izquierda porque carece de mensaje que
vaya más allá de la opresión de los demás. Por más que se esfuerce en
presentarse como un frente de progreso, la verdad es que la Historia ha
derrotado en toda línea a la izquierda. Dejó de manifiesto con la caída del Muro
de Berlín y la disolución de la URSS que el socialismo real había sido una
pesadilla más que un sueño, y los jirones que aún persisten de ese sistema
–Cuba, Corea del Norte, etc.– constituyen muestras patéticas de tiranías
cruentas y agónicas.
Por si fuera poco, el mismo mensaje de la
socialdemocracia ha demostrado su fracaso para solucionar problemas y, por el
contrario, ha dejado de manifiesto que sus efectos perversos son múltiples y
dañinos.
Ayuna de éxitos, la izquierda sólo tiene dos caminos. O bien se
derechiza para salvar a los Estados de las consecuencias nefastas de las
políticas de izquierdas, o bien se entrega a la defensa de las rancias políticas
de ayer acentuando el elemento opresor mediante el trato de favor a lobbies no
representativos pero feroces y agresivos. El primer caso es el de la política de
Tony Blair, que sobre el papel es de izquierdas pero que, en realidad,
constituye un ejemplo de que la izquierda sólo puede esperar hacer algo sensato
y de provecho si gobierna con las recetas de la derecha. El segundo caso es el
de ZP en España. Incapaces de conservar los logros de los gobiernos del PP y
carentes de escrúpulos, ZP y sus adláteres lo mismo defienden dictaduras como la
cubana o la venezolana, que propugnan la imagen de la Segunda República española
creada por la Komitern de Stalin, que se arrodillan ante los programas
delirantes del feminismo radical –que es más que dudoso que represente a las
mujeres– o del lobby gay, que, con toda seguridad, no representa a los
homosexuales. El resultado de esa esterilidad política, social y ética es
volcarse cada vez más en políticas que tan sólo buscan oprimir a los demás
indicándoles lo que pueden hacer, lo que deben pensar, lo que han de sentir, lo
que han de comer, en qué tienen que emplear su tiempo libre e incluso cuándo y
cómo tienen que morir, y, como en todas las tiranías, la satisfacción de los
tiranos se sustenta en la opresión de los tiranizados.
Al fin y a la
postre, de acuerdo a la ortodoxia de la izquierda, la sociedad se ve dividida en
tres grandes grupos: la Nomenklatura, que nos dice todo lo que hemos de hacer,
decir y pensar; los grupos minoritarios y escasamente representativos a los que
la Nomenklatura favorece –porque los ve como aliados naturales– mediante
subvenciones y prebendas y, por último, los que con nuestro trabajo y nuestros
impuestos mantenemos a una Nomenklatura que nos oprime.
Al fin y a la
postre, la izquierda acaba instaurando una dictadura sutil en Occidente –brutal
en el resto del mundo–, donde la libertad, la excelencia, el saber, la justicia
y la belleza se ven sustituidas por la tiranía, la estupidez, la ignorancia, la
injusticia y la zafiedad. Obsérvense determinados gobiernos y dígaseme que no es
cierto y, sobre todo, que no son razones más que sobradas para abandonar la
izquierda, a menos que uno desee formar parte de la dorada Nomenklatura que
decide lo que los demás deben hacer, decir y pensar, mientras ella vive del
fruto del trabajo de los otros.
A estas seis razones de carácter general
para abandonar la izquierda desearía añadir una séptima de carácter más
personal. Abandoné la izquierda, y resultó decisivo en mi caso, porque soy
cristiano. Es cierto que durante años pensé –y estaba profundamente equivocado–
que los valores de la izquierda eran algo así como una visión laica de los
valores propugnados por el cristianismo. Pensaba yo –y erraba gravemente– que
las palabras justicia, libertad o dignidad tenían el mismo significado. La
realidad es que no se corresponden ni por aproximación. De la misma manera que
el Jesús del Código Da Vinci sólo tiene en común con el de los Evangelios la
colocación de las letras del nombre. Conceptos como los de justicia, libertad,
dignidad o vida son diametralmente opuestos en la formulación de la Biblia y en
la de la izquierda. Entrar en un examen detallado de la cuestión podría ser
objeto de un ensayo, pero, obviamente, desborda la finalidad de estas páginas.
Basta, sin embargo, ver cómo los denominados cristianos de izquierdas acaban
siendo mucho más de izquierdas que cristianos, o cuáles son las posiciones de la
izquierda sobre la vida o la familia, para percatarse de que entre ambas
cosmovisiones se despliega un abismo tan insalvable como el que separaba a los
réprobos del Hades de los bienaventurados del seno de Abraham en el Evangelio.
Una persona que, de verdad y de corazón, ame las enseñanzas de Jesús no encaja
con una visión del mundo que pretende controlar al ser humano desde antes de
nacer –para facilitar su eliminación– hasta su muerte –para despenalizar su
eliminación–, ni tampoco con discursos que pretenden encerrar a los creyentes en
sus lugares de culto, o que pasan por alto la naturaleza humana, o la mera
realidad, a la hora de pensar en las tareas de gobierno.
Dicho lo
anterior, personalmente estoy convencido, como ya he indicado, de que la
izquierda no tiene mensaje tras el fracaso del socialismo y sólo le queda la
esencia tiránica que ha contaminado su andadura desde su nacimiento, a finales
del siglo XVIII.
Dado que no vamos –¡demos gracias a Dios!– hacia la
dictadura del proletariado ni es previsible que el socialismo real se mantenga
en pie mucho más allá de la muerte de Fidel Castro, la izquierda sólo puede
ofrecer un mensaje achatado, obtuso, de tiranía y control, de totalitarismo y
entontecimiento creciente de las masas que, como criticaba Juvenal, sólo ansíen
pan y circo y para ello estén dispuestas a aceptar la vileza y la animalización.
Pero ésa es una razón adicional bien poderosa para abandonarla.
Sin duda,
en el seno de la izquierda existen personas de buena fe que están convencidas de
que se hallan en el mejor lugar para ayudar al prójimo. Es posible que tarden en
salir de esa equivocación años, y sólo Dios sabe el daño que habrán podido
causar a los que desean ayudar durante ese tiempo. Pero a esas personas que, de
corazón, desean ayudar a los demás, y no buscarse un pesebre a costa del sudor
de los demás, se les podría decir lo mismo que el autor del Apocalipsis gritaba
a la gente decente que aún se hallaba en las garras de Babilonia la grande, la
prostituta, roja y borracha con la sangre de los santos y de los inocentes:
"Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni
recibáis parte de sus plagas" (Apocalipsis 18, 4).