Las datos y cifras avalan a quienes, desde hace meses, auguraban una alteración económica severa. Empleo la palabra «alteración» con sarcasmo deliberado.
La teoría era que, en orden a que la economía marche bien, basta con que se crea que marcha bien.
Estuvo prohibido emplear la palabra «crisis». En lugar de eso se acudió, eufemísticamente, a «desaceleración». Era notoria la falta de interés del Ejecutivo en reconocer las malas noticias, porque estábamos en vísperas electorales y porque las malas noticias no se reconocen.
Prácticamente no se han tomado medidas para minimizar los efectos de esta crisis, por el hecho simple y egoísta de ganar unas elecciones, sacrificando el empleo, la economía y el bienestar social de sus votantes.
No impresionó a casi nadie que los españoles nos hubiéramos convertido en el país con mayor deuda externa per cápita del mundo. Mientras afluyera el dinero, todo iba bien.
La expresión más redonda y cómica de este estado de ánimo, correspondió al presidente, el cual afeó como «antipatriótica» cualquier forma de análisis que no confirmase su optimismo antropológico.
Suscita más interrogantes la actitud de Solbes. Se cerró un presupuesto inspirado en previsiones de crecimiento que han sido rectificadas a la baja. No vale desplazar la responsabilidad a la crisis financiera internacional. La última se hallaba ya madura cuando se echaron las cuentas.
Parece más sensato suponer que las moderaciones de Solbes son impotentes frente a las urgencias políticas del Gobierno.
La campaña fue como la subida al Calvario. A cada poco, se detenía el Señor con el madero a cuestas, o dicho de otra manera, se le hacía al votante alguna promesa de pago en especie. Ahora ya es oficial que no estamos bien. Se ha impuesto la dura realidad.
Alberto