Hacia varios meses que no prestaba demasiada atención a los artículos que
libremente se han publicado en este blog. Me sorprende la intolerancia, el insulto
y el poco civismo de algunas personas, espero que este comentario las haga
reflexionar y sepan aprovechar democráticamente la libertad de expresión que
este blog les brinda…
La democracia, el sistema en que todos proclamamos querer vivir, sólo puede existir con unos presupuestos radicalmente distintos. La aceptación del pluralismo, es decir, de que cada cual puede tener un punto de vista, una forma de ser o un interés igualmente valioso y defendible, en el que todos podemos tener nuestra parte de razón.
Sólo en un clima de búsqueda de objetividad y de respeto mutuo es posible practicar el diálogo y asegurar la convivencia. El mundo no se compone de buenos y malos, sino de personas muy diversas pero siempre titulares de derechos y de respeto.
En democracia no todo vale. Tan importante como las instituciones y las normas es la idea de que debe haber, junto con concepciones y proyectos discrepantes y aún legítimamente enfrentados, unos mínimos valores compartidos. Probablemente el mayor déficit que padezcamos para un buen funcionamiento de la democracia sea la falta de consolidación de una auténtica cultura democrática.
Todos quienes tenemos alguna responsabilidad en el ámbito social o político debiéramos hacer un esfuerzo de autocrítica sobre si hacemos todo lo posible para practicar las virtudes democráticas. Quizá sea urgente un debate sobre cuál es el código ético que debemos aplicar a la vida pública; dónde están los límites de la libertad de expresión, o cuáles son las obligaciones de quien difunde mensajes desde una tribuna pública o un foro en Internet.
Debate en el que también tienen una parte y una responsabilidad crucial los medios de comunicación.
Nos preocupa que la crispación siga siendo utilizada para dirigir la atención hacia ciertos temas y para ocultar otros al debate público. Pero sobre todo, que acabe por calar en la sociedad. Una sociedad en la que ya hay suficientes brotes de intolerancia y de violencia (violencia doméstica o de género, escolar, racista, etc.) como para permitirse el lujo de que cultivemos el encrespamiento de los conflictos en la política, un ámbito en el que todos ansiamos que desaparezca la violencia para siempre. Desde la política se deberían prevenir y solucionar los conflictos, nunca atizarlos.
La crispación política por ahora es sólo motivo de preocupación y de comentario. Pero de persistir puede suponer un elemento de erosión del sistema democrático y de la convivencia social y de deriva hacia al autoritarismo.
En manos de todos está sustituir el insulto por la moderación verbal, los discursos inflamados por las llamadas a la reflexión y al debate, los titulares escandalosos por el análisis ponderado y la política de declaraciones y reacciones por otra de más y mejor contenido.
Atte. Alberto